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Artículo de opinión:

Un llamado a dialogar

Por María Isabel Vial

La próxima semana se conmemoran dos eventos mundiales que coinciden con los principales temas que hoy nos agobian: la salud y el trabajo.

El martes 28 de abril se celebra el Día Mundial de la Seguridad y Salud en el trabajo; tres días después, el Día Internacional de los Trabajadores. Lo que estamos viviendo nos obliga a repensar las formas de organizarnos para proteger la salud e integridad de las personas, el empleo y sostenibilidad de las empresas.

El estallido social ya nos había puesto en un escenario de alta incertidumbre económica, política y social. La llegada del COVID-19 nos tomó de improviso y con las defensas bajas. En materia laboral, hasta fines de la semana pasada, 23 mil empresas se habían acogido a la Ley de Protección al Empleo, lo que equivale a que 277 mil trabajadores tendrían una reducción de sus sueldos, que serían pagados con el seguro de cesantía y la empresa cancelaría sus imposiciones.

La actual crisis sanitaria nos exige aprender, desaprender y emprender nuevas iniciativas que nos permitan encontrar una dosis de esperanza. El escenario actual nos regala un espacio para estar más en casa con los nuestros, enfrentar la adversidad y elegir la humanidad, no la enfermedad.

Habrá secuelas. Tendremos que hacernos cargo de un país más fragmentado, con mayores niveles de pobreza y desigualdad. Por eso, hoy, más que nunca, el mundo empresarial tiene la oportunidad de demostrar que es posible construir una nueva forma de hacer empresa, más consciente, más humana y que aporte con cimiento fuertes para la construcción de una mejor sociedad.

Es el diálogo, de acuerdo con estudios del Centro Nassen para la Paz, lo que construye confianza y acelera el progreso humano. Como Fundación Carlos Vial Espantoso, hacemos un llamado a las empresas a dialogar y volcarse a su interior con preguntas difíciles, que sean respondidas en conjunto por trabajadores, dirigentes y ejecutivos. El diálogo de hoy no es el de negociación, sino el de acuerdos. Y el principal acuerdo es la sobrevivencia.

Tal vez no todos logren mantener sus puestos de trabajo. Tal vez no todas las empresas seguirán siendo igual de rentables que antes. Pero sí habrán dado un paso gigante hacia aquello que denominamos el “trabajo futuro”, y que no tiene una sola faceta desde la irrupción tecnológica, sino que habla de lo horizontal, lo transparente, los proyectos colaborativos donde se comparte poder y utilidades. Aquellos que logren conversar, ponerse de acuerdo sin aspiraciones ni expectativas egoístas, sin prejuicios ni existencias, con un solo objetivo claro para todos por igual, serán los grandes ganadores de esta etapa crítica.

Esta nueva forma de trabajar nos impulsa y nos obliga a ser mejores. Mejores personas, mejores trabajadores y empresas sanas.

 

 

Vía El Mercurio

A todo evento

Por María Isabel Vial

A comienzos de año, una mesa técnica de expertos convocada por el gobierno, entregó más de cincuenta propuestas en materia laboral que serán parte del debate tanto público como parlamentario. Este anuncio busca reflexionar sobre materias complejas e incómodas, cuyos resultados son de gran importancia para el país.

Hablar de cambios en el mercado laboral es tener conciencia de que se afectará el crecimiento, la productividad de las industrias, la sustentabilidad de las empresas, la felicidad y la satisfacción de los trabajadores. Un tema relevante, si pensamos que estos factores inciden directamente en el desarrollo de una sociedad que aspira a mayores grados de bienestar y equidad.

Una de las sugerencias que más ha dado qué hablar en las últimas semanas ha sido el planteamiento de un mecanismo alternativo de indemnización por años de servicio a todo evento, optativo para el trabajador – ya sea por renuncia o despido – financiado con una cotización mensual a cargo del empleador. Este sistema que no reemplaza al actual, abre la posibilidad a que sea el  trabajador quien decida a qué sistema acogerse. Se suma la característica de que es heredable en caso de muerte, a diferencia del actual.

El sistema de indemnización data del año 1981, y obliga a la empresa que despide a un trabajador a pagarle una compensación que corresponde a una remuneración mensual por año de trabajo con un máximo de 90 UF y un tope de 11 meses. La modalidad propuesta implica la mitad de la remuneración mensual por año trabajado, con el mismo tope de años, con la ventaja de que el monto queda provisionado a nombre del trabajador. 

Existen múltiples teorías sobre la naturaleza jurídica de esta norma en la que surge una tensión entre proteger la estabilidad del trabajador o permitir mayor libertad de movimiento tanto para el trabajador de buscar y aceptar nuevas oportunidades laborales, como para la empresa de optimizar sus procesos. La mitad de los trabajadores se van de las empresas voluntariamente, por lo que esta medida impediría que se fueran con las manos vacías. De los trabajadores dependientes, el 73,2% cuenta con contrato indefinido, y de estos, únicamente el 7,1% accede a indemnización por años de servicio. La tendencia en cuanto a rotación de personal es que la mayoría de cambios se realizan en los primeros dos años, y la movilidad tiende a disminuirse en los años posteriores, ya que la normativa estimula el despido de los de menor antigüedad más que de los menos productivos.

A la luz de todas estas consideraciones, es una buena noticia que el estado se encuentre en proceso de reflexión acerca de esta normativa. Lo esperable sería que la oportunidad de elegir el régimen de indemnización a todo evento sea bienvenido, tanto por los trabajadores, como por las empresas, dando pie a un mercado laboral más ágil, que aporte a esa sociedad más flexible y más plena con la que soñamos.

 

Vía El Mecurio